sábado, abril 28, 2007

Las Memorias de Godswinta

Yo, Godswinta, dos veces reina de los visigodos, he decidido escribir estas líneas narrando los acontecimientos que han sucedido en mi familia. Escribo dominada por la ira, ya que me siento absolutamente traicionada por mi querido hijastro Recaredo, quien, al poco tiempo de ser coronado rey en Toledo, sucediendo a Leovigildo, mi difunto esposo, ha decidido abjurar de la religión de sus padres, convirtiéndose al cristianismo romano y condenando la doctrina de Arrio.

Ahora, ha convocado a todos los nobles y eclesiásticos a un Concilio, donde pretende reconocer esa vil mentira que afirman los católicos al reconocer en Jesús una divinidad similar a la de Dios Padre, su creador. En ningún momento, Recaredo, ese niño ingrato, ha pensado en mí. Y a mi dolor, por haber perdido recientemente a mi amado esposo, se suma ahora mi indignación contra mi hijo, que parece olvidar que he sido como una madre para él y los esfuerzos que hicimos con su padre para convertirlo en un hombre virtuoso, educándole en los valores de la fe arriana, la misma que mis padres y abuelos profesaron, así como todos los godos desde que el gran Ulfilas nos bautizara, dejando en el olvido nuestros antiguos dioses.

Hoy, la que parece haber quedado en el olvido soy yo. Para mí, la conversión de mi hijo es una puñalada en la espalda. Afortunadamente, no estoy sola en mi dolor. Tengo amigos que me apoyan y al igual que yo, permanecen fieles al cristianismo arriano. Esto me convierte en enemiga de mi hijastro.

Una vez más, la fe divide mi reino y mi familia, como ocurrió hace un par de años cuando aquél traidor de Hermenegildo, influido por la intrigante Ingundia y el insoportable de Leandro, no sólo abjuró del arrianismo, sino que además cometió la osadía de dividir el reino que tantos esfuerzos costó a mi querido Leovigildo unificar. Hermenegildo, después de hacerse bautizar católico, se declaró rey en Sevilla, uniéndose a todos los enemigos de mi esposo: bizantinos, suevos y esa plaga de senadores romanos que abundan en la Bética. Los unía su oposición a la política unificadora de mi amado Leovigildo y esa creencia absurda en la Santísima Trinidad.

Aunque ahora mi hijo Recaredo pretende conservar la unidad por la que su padre tanto luchó, no puedo sentirme orgullosa, porque lo hace con una fe equivocada. Que la doctrina defendida por Atanasio y Constantino sea adscrita por todo el reino, no hace que ésta sea menos errónea y herética.

La unificación del reino de los godos en Hispania es algo que he presenciado muy de cerca. Soy viuda de dos de sus reyes, además de ser como una madre para quien lleva actualmente la corona. Mi historia como reina de los visigodos comienza cuando yo era muy joven y fui dada en matrimonio a Atanagildo. Cuando lo conocí, jamás pensé que junto a él llegaría a lo más alto de las cortes de Hispania.

Recuerdo el día en que lo vi por primera vez. Yo era muy joven y soñaba con casarme con un hombre guapísimo, de buena familia y trabajador. Cuando lo conocí, el día que nuestros padres arreglaron nuestro compromiso, me desilusioné un poco. Porque no era tan guapo como me lo imaginaba. Además, quería casarme con un príncipe merovingio, me habría encantado ser reina de los francos. ¡Lástima que sean católicos! En lugar de un guapo príncipe franco, fui casada con este magnate visigodo. Con el tiempo me conformé, porque después me di cuenta que había cosas más importantes en la vida que la apariencia física.

Atanagildo y yo fuimos muy felices. Aunque no me casé enamorada, llegué a quererlo mucho. Aunque en un principio estaba furiosa con mis padres, por las razones que ya les comenté, me bastó hablar con él un par de veces para darme cuenta de que era un hombre inteligente, astuto y ambicioso. Yo desde pequeña soñaba con ser princesa, como todas las niñas. Pero cuando me casé, pensé que mi sueño jamás se cumpliría. Sin embargo, poco después me di cuenta de que él compartía mis sueños y yo lo motivé a luchar por el poder.

Llevábamos ya algún tiempo juntos, cuando Agila fue elegido como nuestro rey. Nosotros no estábamos de acuerdo con esa elección. Mi Atanagildo era un hombre carismático y muchos de los godos confiaban en él. Había llegado nuestra oportunidad. Así fue como un día, se despidió de mí, diciendo que lideraría una rebelión contra nuestro rey. En esta lucha, no se encontraba solo: además de nuestros fieles godos le apoyaban los bizantinos y esos ingratos hispanos, en los que yo jamás confiaría. Angustiada, esperé en casa, hasta que supe que mi esposo había salido victorioso y era alzado en el escudo, convirtiéndose en el nuevo rey.

Pero el reinado de mi Atanagildo no fue tan feliz como esperábamos. Los bizantinos, a los que mi esposo había solicitado ayuda, le cobraron instalándose en el sur de nuestro territorio. No sé si llegaré a ver el día en que esos griegos vuelvan a Oriente y nos devuelvan lo que usurparon.

Ese Liberio, líder de las tropas bizantinas enviadas desde Ceuta, nos fue de gran ayuda para derrotar a Agila en la Bética. Pero, mientras nosotros nos reorganizábamos tras la victoria, ellos se extendieron por las costas del sureste, alcanzando el Guadalete y el norte de Cartagena, ciudad que es ahora su capital en estas tierras. Esta expansión bizantina fue clave para el triunfo de Atanagildo, aunque después se convertiría en su dolor de cabeza. Porque cuando los bizantinos ocuparon el sur, los seguidores de Agila, percatándose de su ruina, mataron a su líder en Mérida, reconociendo a mi esposo como su rey.

Hubo una época en la que nuestro reino era dirigido desde Rávena por nuestros primos, los ostrogodos. Cuando mi Atanagildo llegó al poder, en el año 555, esta situación ya se había acabado, pero aún había mucho por hacer: lo primero fue fijar un lugar definitivo para nuestra corte, itinerante hasta ese momento. Decidió que nos instalaríamos en Toledo, a orillas del Tajo. Un lugar central, desde donde podríamos controlar toda la península y, además con poca presencia de los odiosos romanos y sus ritos católicos.

Mi pobre Atanagildo tuvo que enfrentarse, sin mucho éxito, a todos nuestros enemigos, para poder lograr cierta estabilidad en el trono. En la zona que los romanos llamaban Galecia y la Lusitania estaban los desagradables suevos, que a pesar de ser germanos, como nosotros, decidieron jurar su fidelidad a la Iglesia de Roma. Ellos habían creado un reino, que se oponía a nuestro deseo de dominar la Hispania. Pero no eran el único obstáculo al que el pobre Atanagildo tuvo que enfrentarse: en el norte estaban esos pueblos rebeldes, que se hacen llamar astures y vascones.

Y en la Bética se concentran esos hispanos que se jactan de ser de la nobleza senatorial romana, que nos desprecian y llaman “bárbaros”. Muy bárbaros seremos, pero igual somos militarmente superiores. Por si fuera poco, tenemos que soportar además la presencia de esos griegos enviados por Justiniano, que han ocupado desde Gadez hasta Murcia, en ese afán quimérico del Basileus de recuperar el control del otrora “Mare Nostrum” de los romanos.

Atanagildo y yo tuvimos dos hermosas hijas: Brunequilda y Gelesuinta. A cada una le dimos un marido digno de ellas, hijas del rey de los visigodos. El año 566 llegaron a nuestra corte los embajadores de Sigeberto I, rey franco de Austrasia, para pedir la mano de Brunequilda. Segiberto quería una esposa de noble estirpe, a diferencia de sus hermanos, que se habían rebajado a casarse con mujeres del pueblo.

Eso me parece inconcebible: si un hombre es hijo de reyes o noble, debe casarse con alguien de su misma condición. Además, el matrimonio es el mejor modo de establecer alianzas. Bien lo sé yo. Por eso, casé a mis hijas con príncipes francos. Y a mis hijastros, los hijos de Leovigildo, también les busqué mujeres nobles, dignas de ellos. Jamás habría consentido que se unieran a una campesina o a una actriz, como hizo Justiniano, emperador de Oriente. Eso me parece horroroso. Teodora no sólo era plebeya, sino que además tenía un pasado muy oscuro. Sin embargo, a pesar de mis esfuerzos de casamentera, he cometido errores, que me han costado muy caros.

Con mi pobre Gelesuinta nos equivocamos, al casarla con Chilperico I de Rouen, rey de Neustria. Antes de que cumplieran un año de casados, este mal hombre, instigado por una de sus concubinas, la pérfida Fredegunda, la hizo asesinar. Ha sido el más grande dolor que he tenido en mi vida. Ese maldito rey católico no supo respetar y amar a mi niña como ella lo merecía.

Mi otra hija, Brunequilda, tuvo más suerte con Sigeberto de Austrasia. Pero ahora pienso que, de volver atrás, jamás habría casado a mis hijas con reyes católicos. Mi Brunequilda tuvo varios hijos, entre ellos Childeberto, que heredó el trono de su padre, y esa terca Ingundia, que años después se convertiría en la esposa de mi hijastro Hermenegildo, y en la causante de toda esa revuelta que casi divide nuestro reino.

Cuando mi marido Atanagildo murió, como es habitual en este reino, muchos bandos se disputaron su poder. Fueron cinco meses sin rey, donde muchas veces los magnates me consultaron qué hacer. Ellos acudieron a mí, porque sabían que yo les aconsejaría, basándome en lo que Atanagildo hubiese hecho. Sin embargo, ese período ha sido muy incomprendido por mis enemigos, que con muy malas intenciones han dicho que yo ejercí una especie de regencia o interregno. Nada más alejado de la realidad. ¿Cómo podría yo, una simple princesa germana, osar gobernar al pueblo visigodo? Distinto es el hecho de que mis dos maridos y muchos magnates hayan considerado mis opiniones al momento de tomar decisiones.

Finalmente se decidió que el nuevo rey sería Liuva, el duque de la Septimania. Pero éste no contaba con el apoyo de todos los nuestros, por ser señor de un territorio galo, más allá de los Pirineos. Entonces, éste decidió asociar al trono a su hermano Leovigildo, quien por ese entonces pidió mi mano. La decisión del nuevo rey fue doblemente acertada, ya que Leovigildo no sólo residía en Hispania, sino que además se convirtió en mi esposo. Y yo, como viuda del rey anterior, tenía gran influencia entre los godos partidarios de Atanagildo. Eran otros tiempos…ahora sólo un reducido círculo me apoya, en contra de las desafortunadas decisiones de mi hijastro.

Leovigildo fue el gran amor de mi vida. A Atanagildo lo quise mucho, pero con Leovigildo todo fue distinto. A mi primer marido lo conocí siendo casi una niña, crecimos juntos y tuvimos dos hijas preciosas. Fuimos muy felices juntos, a pesar de los problemas que afrontamos al ser reyes de los visigodos y del dolor que nos causó el cruel asesinato de nuestra hija.

A Leovigildo lo conocí siendo una mujer adulta, madura, con hijas casadas y nietos. La primera vez que lo vi, mi Atanagildo aún vivía y él había quedado viudo hacía poco tiempo. Me pareció un hombre muy atractivo. Participaba activamente en el Aula Regia cuando Atanagildo era el rey. Yo lo veía llegar y a veces conversaba con él. Me parecía un hombre muy interesante, muy inteligente. Atanagildo siempre tomaba en cuenta sus opiniones.

Cuando quedé viuda, fue uno de los primeros en presentar sus condolencias. Aunque me parecía un hombre guapo e inteligente, yo aún no sentía nada por él. En ese momento lo vi como un amigo, que me acompañaba en mi dolor. Como él había pasado por lo mismo, supo confortarme con sus palabras y así, en un primer momento, empezó una linda amistad. Comenzó a visitarme con frecuencia y, no sé en qué momento, me di cuenta de que sentía algo por él. Si pasaban varios días en que no lo veía, comenzaba a echarlo de menos y cuando anunciaba su visita, corría a arreglarme y a cambiarme de ropa.

Cuando Liuva comenzó a perfilarse como el posible sucesor de mi difunto Atanagildo, Leovigildo y yo ya estábamos juntos. Nadie lo sabía, porque temíamos que se nos reprocharía, porque había pasado menos de un año de la muerte de mi esposo. Por eso, cuando Leovigildo se presentó como asociado al trono y comprometido con la viuda del rey anterior, todos creyeron que se trataba de una treta política. Pero, en realidad, estábamos muy enamorados. Aunque, debo confesar que yo ayudé mucho a Leovigildo y a Liuva para que fuesen reyes.

Siempre he sabido cómo convencer a los hombres. Y cuando Atanagildo era rey, yo siempre le di mi opinión y consejo. Por eso, sus hombres me respetaban y cuando él murió, siguieron consultándome las decisiones. Desde el principio, me parecía que Liuva y Leovigildo eran la mejor opción. No quise mover mis influencias de tal manera de que Leovigildo fuera el sucesor inmediato de Atanagildo.

A pesar de que es conocido mi poder de persuasión, nunca hay que hacerlo notar demasiado. Y que el nuevo rey fuera el futuro esposo de la viuda del anterior, me habría hecho ver como la gran responsable. Por eso, ocultando todavía mi relación con Leovigildo, convencí a los magnates de que eligieran a Liuva. Después de que éste fue coronado, hicimos público nuestro compromiso. Y como a algunos visigodos les pareció mal que el nuevo rey fuera duque de la Septimania, él anunció que su hermano, residente en Hispania y muy popular, sería asociado al trono.

Obviamente, hubo gente que se dio cuenta de que yo había movido mis influencias y algunos mal intencionados osaron decir que yo era la que realmente gobernaba. Pero, no fue así. Yo siempre fui la consorte del rey. Talvez, mucho más tomada en cuenta que muchas de las mujeres de los reyes anteriores, pero nunca fui más que una simple mujer que daba su opinión y consejo a su esposo. Y lo habría hecho, aunque mi esposo hubiese sido un campesino o un mercader. Tocó la casualidad de que mis dos esposos fueron reyes y entonces, mis opiniones y consejos maritales afectaron a toda Hispania.

Cuando murió mi cuñado Liuva, Leovigildo, al ser asociado al trono, se convirtió en su sucesor. Esto sucedió dos años después de la elección de su hermano, en el 569. Desde el principio y para evitar los desórdenes que provocan las sucesiones, asoció a sus dos hijos; Hermenegildo y Recaredo. Nunca me llevé muy bien con Hermenegildo, siempre me pareció un joven obstinado y rebelde. Nunca tuve una pelea con él hasta que se casó con Ingundia. Ahí nuestra relación se hizo insostenible. Antes de su matrimonio con mi nieta, habíamos discutido un par de veces, pero no había pasado a mayores.

Con Recaredo la relación siempre fue distinta. Mucho más parecido a su padre, inteligente como él, sabía escuchar la opinión de los demás. Desde el principio, nos llevamos muy bien y por eso él me considera su madre adoptiva. Jamás pretendí reemplazar a su difunta madre, pero cuando me casé con Leovigildo, traté de que sus hijos, entonces unos adolescentes, me vieran como una amiga. Con Hermenegildo logramos tener una relación cordial, aunque fría, que después empeoró por mi mala relación con su esposa. Pero para Recaredo yo fui su mejor amiga, su confidente y consejera, llegando a ser para él su segunda madre.

Estoy orgullosa de todo lo que hizo mi muy querido esposo Leovigildo por este reino. Él tenía el sueño de hacer de Hispania un gran reino godo, que incluyera tanto a germanos como a los romanos. Todos bajo el mismo rey, la misma ley, la misma lengua y fieles a la fe verdadera, aquella en la que nuestros ancestros fueron bautizados por Ulfilas.

Su primer logro fue acabar con ese odioso reino católico que tenían los suevos en el occidente de nuestra península. Mi muy inteligente rey logró aislarlos, evitando que se comunicaran con dos de nuestros grandes enemigos, que profesaban su misma fe equivocada: los francos en las Galias, lo que significó evitar que sus navíos salieran al Océano; y los romanos de la Bética, para lo que tuvo que cortar los caminos. En el norte se enfrentó a los rebeldes astures y vascones. No logró acabar con ellos, aunque sí logró contenerlos, estableciendo contingentes militares en León y Vitoria. Eso le dio mayor seguridad a nuestro reino. En el sur no tuvo tanta suerte, ya que aún siguen ahí esos bizantinos, a pesar de que logró reprimir una revuelta que provocaron y les confiscó sus bienes.

Leovigildo fue brillante al darse cuenta de que necesitaba consolidar su imagen de rey, imponiendo respeto entre sus súbditos, tal como lo hace el Basileus de Constantinopla. Era necesario empaparse de algo de esa pompa que rodea al emperador oriental. Por eso, Leovigildo incorporó el uso del cetro, de la corona, el manto real y el trono. Como nuestra monarquía es electiva, el rey necesita destacarse por sobre los demás, necesita ser amado y temido al mismo tiempo, para no sucumbir ante las conspiraciones o rebeliones. Yo disfruté con su idea de introducir la ceremonia de la coronación, en reemplazo de nuestra antigua costumbre de alzar en el escudo al nuevo rey. Es más bonita, más solemne y además, sirve para que romanos y bizantinos se den cuenta de que no somos tan bárbaros.

Otro acierto de mi rey fue en lo legal. Leovigildo decidió crear el Codex Revisus, una legislación única, válida para todos los súbditos del reino. Y para lograr que todos los habitantes de Hispania se identifiquen como parte de un mismo reino, derogó esa absurda prohibición de los matrimonios mixtos, entre godos e hispano romanos.

Sin duda, el mayor disgusto que enfrentó mi pobre Leovigildo fue esa horrible traición protagonizada por su propio hijo, Hermenegildo. Su padre lo comprometió con mi nieta Ingundia. Mi esposo cometió un error casando a su hijo con una princesa católica. Como la novia tenía apenas doce años, ingenuamente creímos que su marido lograría hacerla entrar en razón y convertirse al arrianismo.

A pesar de que fue un matrimonio arreglado, Hermenegildo e Ingundia se enamoraron de inmediato. Hermenegildo era un joven apuesto, muy parecido a su padre, alto, de pelo castaño y ojos azules. A Ingundia, una jovencita aparentemente ingenua y cándida, la deslumbró. Él se sintió profundamente conmovido por la frágil belleza de Ingundia. A pesar de que no me caía bien, debo reconocer que era una joven preciosa, muy parecida a su madre, mi hija Brunequilda, con su largo cabello rubio, sus ojos oscuros, pequeña y delgada. Talvez demasiado delgada. Eso la hacía parecer muy frágil.

Tan pequeñita y bella, cautivó a toda la corte de Toledo. El único problema era su negativa a abandonar su religión. Yo misma traté, inútilmente, de convencerla del error en que estaba al profesar el catolicismo. De hecho, la obligué a bautizarse en la fe arriana. Pero, su conversión era sólo en apariencia y se notaba que seguía fiel a su antigua creencia. Su obstinación, insólita en alguien tan joven, terminó acabando con mi paciencia. Sé que fui muy dura con ella. Pero es que para mí, el catolicismo es algo intolerable. No sólo es irracional pensar que Jesús sea tan Dios como su Padre, algo que carece de toda lógica; además no puedo dejar de recordar que fue un católico quien mató a mi otra hija.

La situación se hizo insoportable; cada vez que nos veíamos, Ingundia y yo terminábamos discutiendo y como yo soy más enérgica, ante los demás parecía que yo la maltrataba. Mi hijastro empezó a mirarme con odio y hasta mi esposo me reprochaba la forma en que trataba a la niña. Pero no podía evitarlo, ¡me sacaba de quicio su actitud desafiante disfrazada de piedad cristiana! A pesar de ello, Hermenegildo estaba loco por ella y sufría con la situación. Un día, entró furioso en mis aposentos, me gritó e insultó, furioso por la forma en que yo trataba a la joven. Incluso me culpó de que por mi culpa, ella no se había embarazado aún, porque estaba nerviosa y deprimida. Me dijo que si ella no le daba hijos, Leovigildo me dejaría, en castigo por dejarlo sin nietos. Por eso, su padre decidió enviarlos al sur, lejos de mí.

En Sevilla, Ingundia y Hermenegildo fueron felices, según lo que me cuentan. Dicen que se los veía frecuentemente pasear juntos de la mano por la ribera del Guadalquivir. Además, finalmente, la joven princesa quedó embarazada y tuvo un niño, al que llamaron Atanagildo, como su bisabuelo.

Pero, nuevamente, mi esposo se equivocó: su objetivo era afianzar su dominio en la Bética, zona donde contaba con muchos enemigos. Por eso envió a su hijo a ese lugar. Sin embargo, Sevilla no sólo sería el lugar donde Hermenegildo e Ingundia pudieron ser felices, sin las presiones de esta abuela arriana. También fue el lugar donde ese niño rebelde traicionó a su padre de la forma más vil.

Hermenegildo, lejos de la influencia de su padre, fue convencido por su tío, el obispo Leandro y por esa niña intrigante, a recibir un bautizo católico, olvidando su nombre godo y haciéndose llamar Juan. Debo reconocer que Ingundia era más hábil de lo que yo pensaba. Al principio, creí que era una niñita ingenua. Después, descubrí su porfía y obstinación. Pero en Sevilla, cuando su marido se vio lejos de la influencia de hombres sensatos como su padre o su hermano, ella pudo manipularlo a su antojo y para ello contó con la ayuda del detestable obispo de Sevilla.

Esta noticia nos dio un disgusto terrible, ya que el ideal de mi Leovigildo, que yo compartía, suponía una unificación de nuestro reino bajo la fe arriana. Sin embargo, lo peor estaba por venir: aprovechándose de que su padre luchaba contra los rebeldes del norte, el traidor de Hermenegildo decidió romper la unidad por la que su padre tanto se había esforzado, declarándose rey de la Bética en el 579, estableciendo su corte en Sevilla, imitando el boato del que se rodeó su padre, para afianzar su poder.

Como la Bética está llena de romanos, éstos obviamente apoyaron al advenedizo. También lo hicieron los bizantinos y los francos. Nuestro disgusto aumentó: a Hermenegildo no le bastó con bautizarse católico y romper la unidad de nuestro reino; además buscó el apoyo de nuestros enemigos. No me extraña que su pobre padre haya muerto poco después de estos sucesos.

Leovigildo tuvo que enfrentarse a su propio hijo, usando a su hermano Recaredo como mediador. El traidor fue apresado y exiliado en Valencia. Inútilmente, su padre lo exhortó a retractarse de sus actos y volver al arrianismo. Como se negó a hacerlo, finalmente mi pobre esposo perdió la paciencia y le dimos al traidor el castigo que se merecía: fue ejecutado por un verdugo.

En cuanto a Ingundia, no sabemos bien qué pasó con ella. Huyó con su pequeño hijo, al que tuvo la osadía de llamar Atanagildo, hacia el sur, pidiendo ayuda a los griegos, a pesar de que Leovigildo trató de evitarlo. Dicen que murió mientras viajaba a Constantinopla y que el niño quedó como rehén de los bizantinos. Eso es lo que se rumorea, aunque no lo sabemos con certeza.

Mi hija Brunequilda junto a su marido e hijo, desde Austrasia enviaron emisarios a Constantinopla, buscando al pobre niño. Pero todo ha sido en vano, no sabemos dónde está. Me da pena, porque a pesar de que sus padres no fuesen santos de mi devoción, no puedo olvidar que es mi bisnieto. Además, temo que se haya convertido en esclavo. Y esa idea es humillante: que un príncipe visigodo, descendiente de reyes de Francia e Hispania, sea siervo de los griegos.

¡Alguien de mi estirpe convertido en esclavo! La idea es demasiado horrorosa. Prefiero no imaginármelo y pensar que el niño murió. Pobre, él no tuvo la culpa de tener unos padres tan estúpidos. Porque lo que ocurrió con sus padres fue algo que ellos, con su actitud obstinada y su ambición, provocaron. Hermenegildo fue la persona más malagradecida que he conocido en mi vida. Traicionar de ese modo a su padre, poniendo en peligro la unidad de su reino. Con su ambición, estuvo a punto de arruinar el proyecto de Leovigildo.

Me da mucha rabia recordar esa época. Algunos se escandalizaron mucho cuando supieron que Hermenegildo era condenado a muerte por su propio padre. Temo que los católicos algún día lo consideren un mártir y consideren a Leovigildo un villano por ordenar la ejecución de su hijo. La verdad, es que el verdugo que entró en la celda y asesinó a mi hijastro no fue enviado por su padre ni por su hermano: yo lo envié. Leovigildo amaba a su hijo y jamás habría podido dar esa orden.

Contacté a Sisberto, a través de mis sirvientes. Era hijo de campesinos, muy pobre y aficionado a la bebida. Les exigí buscar a alguien que fuera godo, arriano, que estuviese dispuesto a todo por unos cuantos solidus y que no fuera muy inteligente. Este hombre ya había tenido algunos problemas y había sido encerrado un par de veces. Era un hombre tranquilo en apariencia, pero muy vicioso. Robaba para poder comprar vino y cuando se emborrachaba, se transformaba en un hombre muy violento.

Jamás hablé directamente con él. Siempre a través de amigos de mis sirvientes. No era bueno que a la reina de Hispania ni a nadie de su círculo se le viera con el asesino de su hijastro. Me aseguré además de que este hombre supiera cómo funcionaba el sistema de guardias de la prisión donde estaba Hermenegildo en Tarragona. Así, él burló a los vigías y cumplió mis órdenes.

Leovigildo no se enteró hasta que el hecho ya estuvo consumado. Cuando Hermenegildo fue apresado, su padre no sabía qué hacer con él. Sabía que su hijo merecía la muerte, porque ése es el castigo de los traidores. Pero, no podía dar la orden. Tan agobiado estaba, que le dije que no se preocupara, que yo me encargaría de todo. Él jamás supo la identidad del verdugo y fue mejor así.

Después de este doloroso episodio, nada fue igual para nosotros. Mi pobre Leovigildo parecía cada día más triste y desganado. A pesar de eso, insistió siempre en su proyecto de una Hispania visigoda, unida en una única fe. Como el arrianismo parecía ser tan impopular entre una mayoría católica, mi esposo tomó una decisión que a mí no me gustó nada: intentó fusionar ambas creencias, tratando de que así todos, hispanos y godos, creyéramos en lo mismo. Afortunadamente, esta idea no prosperó, porque además de descontento, trajo gran confusión en toda la población.

Finalmente sólo un año después de la ejecución de su hijo, mi pobre Leovigildo murió. Fue entonces cuando mi hijo Recaredo, en su calidad de asociado al trono, fue coronado rey. Me sentí muy orgullosa de convertirme en la madre del soberano de Hispania. Una de las primeras medidas que él tomo fue buscar al verdugo de su hermano y ejecutarlo. No sabe quién le dio la orden y jamás lo sabrá, porque he silenciado a todos los testigos. En el fondo, Recaredo sabe que la actitud de su hermano es el verdadero verdugo. Pero era mejor acabar con el autor material.

Demasiado pronto, mi orgullo se convirtió en un disgusto horrible, del que aún no me recupero, al enterarme de que mi hijo imitó la locura de su hermano, convirtiéndose al catolicismo. Y no contento con eso, ha decidido dar una unidad religiosa a su reino, al igual que su padre, pero bajo la fe de Roma.

Mi hijo convocó a un Concilio en Toledo a todos los obispos de Hispania y Galia. Allí condenará el arrianismo, llamándolo herejía y demostrará públicamente su adhesión a la fe católica. Recaredo leerá su profesión de fe, frente a los eclesiásticos y la nobleza, destacando la creencia en ese absurdo de la Trinidad. Luego, los presentes harán lo mismo, firmando un horrible documento al que han llamado “Los 23 Anatemas contra la Herejía Arriana”. Lloro al imaginar ese episodio, porque para mí es muy duro que mi adorado hijo llame herejía a mi religión.

En cuanto al pueblo que profesaba el arrianismo, no le exigirá un nuevo bautismo, pero sí confirmarse como católicos. A los clérigos arrianos sí les puso mayores imposiciones, como ordenarse nuevamente y practicar el celibato. Así, nuestra fides gótica va quedando en el olvido. He sido obligada a abjurar públicamente de ella, a comulgar según el rito ortodoxo y a fingir que creo en Jesucristo como un Dios igual a su Padre. ¡Qué cosa tan absurda! ¿Cómo un ser que es creado por otro puede ser igual en naturaleza a su creador? ¿Cómo esta gente puede ser tan ingenua? ¿Acaso no analizan la locura en la que creen?

Afortunadamente, no todos están de acuerdo con Recaredo. Además de mi círculo de amigos más íntimos, quienes comparten mi devoción por el arrianismo, como mi fiel obispo Uldila, mi hijo se ha encontrado con otros opositores en la Septimania y en Emérita. Sin embargo, somos una minoría. Porque los visigodos siempre hemos sido menos que los hispano romanos y finalmente es su fe la que ha triunfado.

Pero hemos sido obligados a abjurar del arrianismo y a profesar el catolicismo. Ya no aguanto más esta farsa. Soy una persona mayor y ya he vivido mucho, he afrontado con valentía la muerte de mis dos maridos y he enterrado a una de mis hijas. No quiero presenciar ahora cómo mi fe, la religión de mis padres, de mis abuelos y de los dos amores de mi vida, muere. Por eso, no quiero seguir viviendo. No quiero estar presente en el concilio que va a celebrarse esta primavera en Toledo. Es algo demasiado duro.

Siento que he perdido todo mi poder. Siempre fui escuchada y respetada en la corte. Primero con Atanagildo, luego por su círculo cuando éste murió y después aconsejé a Leovigildo en cada una de sus decisiones. Cuando éste murió, Recaredo, mi hijastro, que siempre me ha considerado como una madre para él, también me consultaba. De hecho, gracias a mí ahora tenemos buenas relaciones con los francos. Nunca he simpatizado con el catolicismo, pero jamás pensé que éste me arrebataría todo mi poder. Cuando Hermenegildo fue derrotado y ejecutado, pensé que la influencia del rito romano moriría con él. Pero, es la fides gótica la que muere y yo no estoy dispuesta a sobrevivirla.

Tengo miedo, porque me persiguen. Han descubierto que mi conversión no es sincera. ¿Cómo podría serlo? Junto a otros amigos como Uldila, aparentamos una ferviente conversión al catolicismo, junto a toda la corte de Recaredo. Pero, en privado, hemos continuado nuestros antiguos ritos y, para manifestar nuestro descontento, hemos profanado las hostias consagradas en el rito católico y algunos de sus templos. Lo hacíamos para desahogar nuestra rabia y también para divertirnos. Nos reíamos al imaginar cómo se escandalizarían los católicos si nos vieran.

Pero, nos han descubierto. Al parecer, alguien nos traicionó y nos delató ante el obispo de Toledo. Alguien muy listo, sin duda, ya que, sabiendo lo mucho que me estima el rey, ha preferido acudir a quien me odia, para asegurarse de que sea castigada. Mi fiel obispo Uldila ha sido desterrado. No sé que piensan hacer conmigo. He huido de Toledo, estoy lejos de la corte, pero no sé adónde ir. En todas partes tengo enemigos. No puedo ir al sur, porque los griegos me odian por ser arriana y visigoda. Más me odian los romanos de la Bética. Ni qué decir de los rebeldes del norte. Y en Francia, donde mi nieto es el rey, no soy bien recibida. Ese niño me culpa a mí de la desgracia de su hermana. Y en Italia, mis primos godos cayeron en desgracia. Su reino ha caído y ahora griegos y lombardos se disputan la península.

No tengo adónde ir. He perdido el favor de mi familia, el respeto de mi pueblo y todos mis amigos son perseguidos como yo. Me niego a rendirme o someterme. No es algo digno de una mujer como yo. Por eso, he decidido acabar con mi vida. Sé que el cristianismo condena lo que voy a hacer, pero no tengo otra opción. Ahora entiendo a los paganos que lo hacían, cuando perdían el apoyo de su emperador.

6 comentarios:

Águila libre dijo...

Hola Kuki: huyy, llegue a la mitad, estaba super entretenida, pero tengo un dolor de cabeza de esos que hacen bum bum. Asi que vuelvo mañana para terminar de leerlo y no dejarte un comentario de esta lindo, porque así no se vale.

Muchos cariños,

Pay

kuki dijo...

jijiji, sip, puede ser un poco largo, porque era un trabajo para un curso de los que tomo acá. Gracias x tu sinceridad y ojalá q cuando vuelvas, lo releas y te guste.
Saludos!

Anónimo dijo...

Uy Kuki me hiciste recordar mis mejores años de universidad, esos cuando la historia del derecho ocupaba gran parte de mis horas.
Sentía que me acercaba a la gran admiración que me producían y me siguen produciendo los profes de historia. Mis ganas de pedagogía aun no se terminan, de hecho mi carrera me apasiona más en la teoría que en la práctica.
Solo una crítica; me perturbo un poco la palabra "esposo" lo jurídicamente correcto hubiese sido marido, los esposos son una institución anacrónica.
Besos Kuki, y dale con la cosa no más!!

Papelucho dijo...

pero los castles hechos de sand fall in to the mar, eventually.

Águila libre dijo...

Volví: que heavy que la madrastra sienta que su hijastro es su enemigo por haber dejado la religión que le habían impuesto.

Y ahora resulta que se casó no enamorada, con un hombre que a ella no le gustaba y por que lo decidieron sus padres.

Bueno, igual se le cumplió el sueño de niña de ser princesa, cuando su marido ganó la batalla y se convirtió en rey.

Y las dos hijas que tuvieron ellos les dieron dos buenos maridos. Y a los hijos de su marido les buscó buenas mujeres dignos de ellos.

Y se equivocó en elegir el marido de una de sus hijas, terminó matándola y la otra hija tuvo varios hijos, una de ellas se casó con su hijastro.

Y se casó de nuevo con otro rey cuando quedó viuda, y era harto pilla, bueno dice haber estado profundamente enamorada de su segundo marido, pero igual con sus consejos manejaba el cuento.

Huy que fuerte que el padré haya mandado matar a su propio hijo por traidor.

Y que el bisnieto de esta mujer haya desaparecido después de la supuesta muerte de su madre, y pudiera estar de esclavo obvio que sería humillante que siendo príncipe visigodo, descendiente de reyes de Francia e Hispania, sea siervo de los griegos.

Y resulta que ahora es ella quien mandó matar al hijo de su marido, que horror, y después de la muerte, un sólo año después su hijo, el de ella, se convirtió en rey pero re mal le fue cuando éste se convirtió al catolicismo. Pero me impacta como alguien puede hacer creer que tiene otra religión y que se ha convertido. Bien me parece, o sea, no bien,pero bien merecido el que no sea aceptada ni respetada en el mundo que la rodeo y bueno, si gusta, que se maté. Me cayo mal la señora.

Sé que es una historia contada como que fuera ella, pero muy carepalo, que quieres que te diga Kuki, aunque si muy entretenida.

Muchos cariños,

María Paz

kuki dijo...

jijiji, lo que pasa es que para curso monografico de historia medieval I nos pidieron que hiciesemos un relato sobre un episodio de lo q estabamos viendo. y a mí, esta reina de lois visigodos, tan manipuladora e influyente, tan carepalo, me encantó. obviamente, está novelado, pero es básicamente la historia como está documentada, alimentada por los clásicos rumores que circulan en el imaginario popular español.
Y sorry si fue muy rollo leerla, pero tomen en cuenta que se nos evaluaba por hechos históricos mencionados.