martes, mayo 15, 2007
Abajo el centralismo
viernes, mayo 11, 2007
¿De dónde eres?
viernes, mayo 04, 2007
Reflexiones de una ermitaña desvelada
lunes, abril 30, 2007
Rubia Tarada
sábado, abril 28, 2007
Las Memorias de Godswinta
Ahora, ha convocado a todos los nobles y eclesiásticos a un Concilio, donde pretende reconocer esa vil mentira que afirman los católicos al reconocer en Jesús una divinidad similar a la de Dios Padre, su creador. En ningún momento, Recaredo, ese niño ingrato, ha pensado en mí. Y a mi dolor, por haber perdido recientemente a mi amado esposo, se suma ahora mi indignación contra mi hijo, que parece olvidar que he sido como una madre para él y los esfuerzos que hicimos con su padre para convertirlo en un hombre virtuoso, educándole en los valores de la fe arriana, la misma que mis padres y abuelos profesaron, así como todos los godos desde que el gran Ulfilas nos bautizara, dejando en el olvido nuestros antiguos dioses.
Hoy, la que parece haber quedado en el olvido soy yo. Para mí, la conversión de mi hijo es una puñalada en la espalda. Afortunadamente, no estoy sola en mi dolor. Tengo amigos que me apoyan y al igual que yo, permanecen fieles al cristianismo arriano. Esto me convierte en enemiga de mi hijastro.
Una vez más, la fe divide mi reino y mi familia, como ocurrió hace un par de años cuando aquél traidor de Hermenegildo, influido por la intrigante Ingundia y el insoportable de Leandro, no sólo abjuró del arrianismo, sino que además cometió la osadía de dividir el reino que tantos esfuerzos costó a mi querido Leovigildo unificar. Hermenegildo, después de hacerse bautizar católico, se declaró rey en Sevilla, uniéndose a todos los enemigos de mi esposo: bizantinos, suevos y esa plaga de senadores romanos que abundan en la Bética. Los unía su oposición a la política unificadora de mi amado Leovigildo y esa creencia absurda en la Santísima Trinidad.
Aunque ahora mi hijo Recaredo pretende conservar la unidad por la que su padre tanto luchó, no puedo sentirme orgullosa, porque lo hace con una fe equivocada. Que la doctrina defendida por Atanasio y Constantino sea adscrita por todo el reino, no hace que ésta sea menos errónea y herética.
La unificación del reino de los godos en Hispania es algo que he presenciado muy de cerca. Soy viuda de dos de sus reyes, además de ser como una madre para quien lleva actualmente la corona. Mi historia como reina de los visigodos comienza cuando yo era muy joven y fui dada en matrimonio a Atanagildo. Cuando lo conocí, jamás pensé que junto a él llegaría a lo más alto de las cortes de Hispania.
Recuerdo el día en que lo vi por primera vez. Yo era muy joven y soñaba con casarme con un hombre guapísimo, de buena familia y trabajador. Cuando lo conocí, el día que nuestros padres arreglaron nuestro compromiso, me desilusioné un poco. Porque no era tan guapo como me lo imaginaba. Además, quería casarme con un príncipe merovingio, me habría encantado ser reina de los francos. ¡Lástima que sean católicos! En lugar de un guapo príncipe franco, fui casada con este magnate visigodo. Con el tiempo me conformé, porque después me di cuenta que había cosas más importantes en la vida que la apariencia física.
Atanagildo y yo fuimos muy felices. Aunque no me casé enamorada, llegué a quererlo mucho. Aunque en un principio estaba furiosa con mis padres, por las razones que ya les comenté, me bastó hablar con él un par de veces para darme cuenta de que era un hombre inteligente, astuto y ambicioso. Yo desde pequeña soñaba con ser princesa, como todas las niñas. Pero cuando me casé, pensé que mi sueño jamás se cumpliría. Sin embargo, poco después me di cuenta de que él compartía mis sueños y yo lo motivé a luchar por el poder.
Llevábamos ya algún tiempo juntos, cuando Agila fue elegido como nuestro rey. Nosotros no estábamos de acuerdo con esa elección. Mi Atanagildo era un hombre carismático y muchos de los godos confiaban en él. Había llegado nuestra oportunidad. Así fue como un día, se despidió de mí, diciendo que lideraría una rebelión contra nuestro rey. En esta lucha, no se encontraba solo: además de nuestros fieles godos le apoyaban los bizantinos y esos ingratos hispanos, en los que yo jamás confiaría. Angustiada, esperé en casa, hasta que supe que mi esposo había salido victorioso y era alzado en el escudo, convirtiéndose en el nuevo rey.
Pero el reinado de mi Atanagildo no fue tan feliz como esperábamos. Los bizantinos, a los que mi esposo había solicitado ayuda, le cobraron instalándose en el sur de nuestro territorio. No sé si llegaré a ver el día en que esos griegos vuelvan a Oriente y nos devuelvan lo que usurparon.
Ese Liberio, líder de las tropas bizantinas enviadas desde Ceuta, nos fue de gran ayuda para derrotar a Agila en la Bética. Pero, mientras nosotros nos reorganizábamos tras la victoria, ellos se extendieron por las costas del sureste, alcanzando el Guadalete y el norte de Cartagena, ciudad que es ahora su capital en estas tierras. Esta expansión bizantina fue clave para el triunfo de Atanagildo, aunque después se convertiría en su dolor de cabeza. Porque cuando los bizantinos ocuparon el sur, los seguidores de Agila, percatándose de su ruina, mataron a su líder en Mérida, reconociendo a mi esposo como su rey.
Hubo una época en la que nuestro reino era dirigido desde Rávena por nuestros primos, los ostrogodos. Cuando mi Atanagildo llegó al poder, en el año 555, esta situación ya se había acabado, pero aún había mucho por hacer: lo primero fue fijar un lugar definitivo para nuestra corte, itinerante hasta ese momento. Decidió que nos instalaríamos en Toledo, a orillas del Tajo. Un lugar central, desde donde podríamos controlar toda la península y, además con poca presencia de los odiosos romanos y sus ritos católicos.
Mi pobre Atanagildo tuvo que enfrentarse, sin mucho éxito, a todos nuestros enemigos, para poder lograr cierta estabilidad en el trono. En la zona que los romanos llamaban Galecia y la Lusitania estaban los desagradables suevos, que a pesar de ser germanos, como nosotros, decidieron jurar su fidelidad a la Iglesia de Roma. Ellos habían creado un reino, que se oponía a nuestro deseo de dominar la Hispania. Pero no eran el único obstáculo al que el pobre Atanagildo tuvo que enfrentarse: en el norte estaban esos pueblos rebeldes, que se hacen llamar astures y vascones.
Y en la Bética se concentran esos hispanos que se jactan de ser de la nobleza senatorial romana, que nos desprecian y llaman “bárbaros”. Muy bárbaros seremos, pero igual somos militarmente superiores. Por si fuera poco, tenemos que soportar además la presencia de esos griegos enviados por Justiniano, que han ocupado desde Gadez hasta Murcia, en ese afán quimérico del Basileus de recuperar el control del otrora “Mare Nostrum” de los romanos.
Atanagildo y yo tuvimos dos hermosas hijas: Brunequilda y Gelesuinta. A cada una le dimos un marido digno de ellas, hijas del rey de los visigodos. El año 566 llegaron a nuestra corte los embajadores de Sigeberto I, rey franco de Austrasia, para pedir la mano de Brunequilda. Segiberto quería una esposa de noble estirpe, a diferencia de sus hermanos, que se habían rebajado a casarse con mujeres del pueblo.
Eso me parece inconcebible: si un hombre es hijo de reyes o noble, debe casarse con alguien de su misma condición. Además, el matrimonio es el mejor modo de establecer alianzas. Bien lo sé yo. Por eso, casé a mis hijas con príncipes francos. Y a mis hijastros, los hijos de Leovigildo, también les busqué mujeres nobles, dignas de ellos. Jamás habría consentido que se unieran a una campesina o a una actriz, como hizo Justiniano, emperador de Oriente. Eso me parece horroroso. Teodora no sólo era plebeya, sino que además tenía un pasado muy oscuro. Sin embargo, a pesar de mis esfuerzos de casamentera, he cometido errores, que me han costado muy caros.
Con mi pobre Gelesuinta nos equivocamos, al casarla con Chilperico I de Rouen, rey de Neustria. Antes de que cumplieran un año de casados, este mal hombre, instigado por una de sus concubinas, la pérfida Fredegunda, la hizo asesinar. Ha sido el más grande dolor que he tenido en mi vida. Ese maldito rey católico no supo respetar y amar a mi niña como ella lo merecía.
Mi otra hija, Brunequilda, tuvo más suerte con Sigeberto de Austrasia. Pero ahora pienso que, de volver atrás, jamás habría casado a mis hijas con reyes católicos. Mi Brunequilda tuvo varios hijos, entre ellos Childeberto, que heredó el trono de su padre, y esa terca Ingundia, que años después se convertiría en la esposa de mi hijastro Hermenegildo, y en la causante de toda esa revuelta que casi divide nuestro reino.
Cuando mi marido Atanagildo murió, como es habitual en este reino, muchos bandos se disputaron su poder. Fueron cinco meses sin rey, donde muchas veces los magnates me consultaron qué hacer. Ellos acudieron a mí, porque sabían que yo les aconsejaría, basándome en lo que Atanagildo hubiese hecho. Sin embargo, ese período ha sido muy incomprendido por mis enemigos, que con muy malas intenciones han dicho que yo ejercí una especie de regencia o interregno. Nada más alejado de la realidad. ¿Cómo podría yo, una simple princesa germana, osar gobernar al pueblo visigodo? Distinto es el hecho de que mis dos maridos y muchos magnates hayan considerado mis opiniones al momento de tomar decisiones.
Finalmente se decidió que el nuevo rey sería Liuva, el duque de la Septimania. Pero éste no contaba con el apoyo de todos los nuestros, por ser señor de un territorio galo, más allá de los Pirineos. Entonces, éste decidió asociar al trono a su hermano Leovigildo, quien por ese entonces pidió mi mano. La decisión del nuevo rey fue doblemente acertada, ya que Leovigildo no sólo residía en Hispania, sino que además se convirtió en mi esposo. Y yo, como viuda del rey anterior, tenía gran influencia entre los godos partidarios de Atanagildo. Eran otros tiempos…ahora sólo un reducido círculo me apoya, en contra de las desafortunadas decisiones de mi hijastro.
Leovigildo fue el gran amor de mi vida. A Atanagildo lo quise mucho, pero con Leovigildo todo fue distinto. A mi primer marido lo conocí siendo casi una niña, crecimos juntos y tuvimos dos hijas preciosas. Fuimos muy felices juntos, a pesar de los problemas que afrontamos al ser reyes de los visigodos y del dolor que nos causó el cruel asesinato de nuestra hija.
A Leovigildo lo conocí siendo una mujer adulta, madura, con hijas casadas y nietos. La primera vez que lo vi, mi Atanagildo aún vivía y él había quedado viudo hacía poco tiempo. Me pareció un hombre muy atractivo. Participaba activamente en el Aula Regia cuando Atanagildo era el rey. Yo lo veía llegar y a veces conversaba con él. Me parecía un hombre muy interesante, muy inteligente. Atanagildo siempre tomaba en cuenta sus opiniones.
Cuando quedé viuda, fue uno de los primeros en presentar sus condolencias. Aunque me parecía un hombre guapo e inteligente, yo aún no sentía nada por él. En ese momento lo vi como un amigo, que me acompañaba en mi dolor. Como él había pasado por lo mismo, supo confortarme con sus palabras y así, en un primer momento, empezó una linda amistad. Comenzó a visitarme con frecuencia y, no sé en qué momento, me di cuenta de que sentía algo por él. Si pasaban varios días en que no lo veía, comenzaba a echarlo de menos y cuando anunciaba su visita, corría a arreglarme y a cambiarme de ropa.
Cuando Liuva comenzó a perfilarse como el posible sucesor de mi difunto Atanagildo, Leovigildo y yo ya estábamos juntos. Nadie lo sabía, porque temíamos que se nos reprocharía, porque había pasado menos de un año de la muerte de mi esposo. Por eso, cuando Leovigildo se presentó como asociado al trono y comprometido con la viuda del rey anterior, todos creyeron que se trataba de una treta política. Pero, en realidad, estábamos muy enamorados. Aunque, debo confesar que yo ayudé mucho a Leovigildo y a Liuva para que fuesen reyes.
Siempre he sabido cómo convencer a los hombres. Y cuando Atanagildo era rey, yo siempre le di mi opinión y consejo. Por eso, sus hombres me respetaban y cuando él murió, siguieron consultándome las decisiones. Desde el principio, me parecía que Liuva y Leovigildo eran la mejor opción. No quise mover mis influencias de tal manera de que Leovigildo fuera el sucesor inmediato de Atanagildo.
A pesar de que es conocido mi poder de persuasión, nunca hay que hacerlo notar demasiado. Y que el nuevo rey fuera el futuro esposo de la viuda del anterior, me habría hecho ver como la gran responsable. Por eso, ocultando todavía mi relación con Leovigildo, convencí a los magnates de que eligieran a Liuva. Después de que éste fue coronado, hicimos público nuestro compromiso. Y como a algunos visigodos les pareció mal que el nuevo rey fuera duque de la Septimania, él anunció que su hermano, residente en Hispania y muy popular, sería asociado al trono.
Obviamente, hubo gente que se dio cuenta de que yo había movido mis influencias y algunos mal intencionados osaron decir que yo era la que realmente gobernaba. Pero, no fue así. Yo siempre fui la consorte del rey. Talvez, mucho más tomada en cuenta que muchas de las mujeres de los reyes anteriores, pero nunca fui más que una simple mujer que daba su opinión y consejo a su esposo. Y lo habría hecho, aunque mi esposo hubiese sido un campesino o un mercader. Tocó la casualidad de que mis dos esposos fueron reyes y entonces, mis opiniones y consejos maritales afectaron a toda Hispania.
Cuando murió mi cuñado Liuva, Leovigildo, al ser asociado al trono, se convirtió en su sucesor. Esto sucedió dos años después de la elección de su hermano, en el 569. Desde el principio y para evitar los desórdenes que provocan las sucesiones, asoció a sus dos hijos; Hermenegildo y Recaredo. Nunca me llevé muy bien con Hermenegildo, siempre me pareció un joven obstinado y rebelde. Nunca tuve una pelea con él hasta que se casó con Ingundia. Ahí nuestra relación se hizo insostenible. Antes de su matrimonio con mi nieta, habíamos discutido un par de veces, pero no había pasado a mayores.
Con Recaredo la relación siempre fue distinta. Mucho más parecido a su padre, inteligente como él, sabía escuchar la opinión de los demás. Desde el principio, nos llevamos muy bien y por eso él me considera su madre adoptiva. Jamás pretendí reemplazar a su difunta madre, pero cuando me casé con Leovigildo, traté de que sus hijos, entonces unos adolescentes, me vieran como una amiga. Con Hermenegildo logramos tener una relación cordial, aunque fría, que después empeoró por mi mala relación con su esposa. Pero para Recaredo yo fui su mejor amiga, su confidente y consejera, llegando a ser para él su segunda madre.
Estoy orgullosa de todo lo que hizo mi muy querido esposo Leovigildo por este reino. Él tenía el sueño de hacer de Hispania un gran reino godo, que incluyera tanto a germanos como a los romanos. Todos bajo el mismo rey, la misma ley, la misma lengua y fieles a la fe verdadera, aquella en la que nuestros ancestros fueron bautizados por Ulfilas.
Su primer logro fue acabar con ese odioso reino católico que tenían los suevos en el occidente de nuestra península. Mi muy inteligente rey logró aislarlos, evitando que se comunicaran con dos de nuestros grandes enemigos, que profesaban su misma fe equivocada: los francos en las Galias, lo que significó evitar que sus navíos salieran al Océano; y los romanos de la Bética, para lo que tuvo que cortar los caminos. En el norte se enfrentó a los rebeldes astures y vascones. No logró acabar con ellos, aunque sí logró contenerlos, estableciendo contingentes militares en León y Vitoria. Eso le dio mayor seguridad a nuestro reino. En el sur no tuvo tanta suerte, ya que aún siguen ahí esos bizantinos, a pesar de que logró reprimir una revuelta que provocaron y les confiscó sus bienes.
Leovigildo fue brillante al darse cuenta de que necesitaba consolidar su imagen de rey, imponiendo respeto entre sus súbditos, tal como lo hace el Basileus de Constantinopla. Era necesario empaparse de algo de esa pompa que rodea al emperador oriental. Por eso, Leovigildo incorporó el uso del cetro, de la corona, el manto real y el trono. Como nuestra monarquía es electiva, el rey necesita destacarse por sobre los demás, necesita ser amado y temido al mismo tiempo, para no sucumbir ante las conspiraciones o rebeliones. Yo disfruté con su idea de introducir la ceremonia de la coronación, en reemplazo de nuestra antigua costumbre de alzar en el escudo al nuevo rey. Es más bonita, más solemne y además, sirve para que romanos y bizantinos se den cuenta de que no somos tan bárbaros.
Otro acierto de mi rey fue en lo legal. Leovigildo decidió crear el Codex Revisus, una legislación única, válida para todos los súbditos del reino. Y para lograr que todos los habitantes de Hispania se identifiquen como parte de un mismo reino, derogó esa absurda prohibición de los matrimonios mixtos, entre godos e hispano romanos.
Sin duda, el mayor disgusto que enfrentó mi pobre Leovigildo fue esa horrible traición protagonizada por su propio hijo, Hermenegildo. Su padre lo comprometió con mi nieta Ingundia. Mi esposo cometió un error casando a su hijo con una princesa católica. Como la novia tenía apenas doce años, ingenuamente creímos que su marido lograría hacerla entrar en razón y convertirse al arrianismo.
A pesar de que fue un matrimonio arreglado, Hermenegildo e Ingundia se enamoraron de inmediato. Hermenegildo era un joven apuesto, muy parecido a su padre, alto, de pelo castaño y ojos azules. A Ingundia, una jovencita aparentemente ingenua y cándida, la deslumbró. Él se sintió profundamente conmovido por la frágil belleza de Ingundia. A pesar de que no me caía bien, debo reconocer que era una joven preciosa, muy parecida a su madre, mi hija Brunequilda, con su largo cabello rubio, sus ojos oscuros, pequeña y delgada. Talvez demasiado delgada. Eso la hacía parecer muy frágil.
Tan pequeñita y bella, cautivó a toda la corte de Toledo. El único problema era su negativa a abandonar su religión. Yo misma traté, inútilmente, de convencerla del error en que estaba al profesar el catolicismo. De hecho, la obligué a bautizarse en la fe arriana. Pero, su conversión era sólo en apariencia y se notaba que seguía fiel a su antigua creencia. Su obstinación, insólita en alguien tan joven, terminó acabando con mi paciencia. Sé que fui muy dura con ella. Pero es que para mí, el catolicismo es algo intolerable. No sólo es irracional pensar que Jesús sea tan Dios como su Padre, algo que carece de toda lógica; además no puedo dejar de recordar que fue un católico quien mató a mi otra hija.
La situación se hizo insoportable; cada vez que nos veíamos, Ingundia y yo terminábamos discutiendo y como yo soy más enérgica, ante los demás parecía que yo la maltrataba. Mi hijastro empezó a mirarme con odio y hasta mi esposo me reprochaba la forma en que trataba a la niña. Pero no podía evitarlo, ¡me sacaba de quicio su actitud desafiante disfrazada de piedad cristiana! A pesar de ello, Hermenegildo estaba loco por ella y sufría con la situación. Un día, entró furioso en mis aposentos, me gritó e insultó, furioso por la forma en que yo trataba a la joven. Incluso me culpó de que por mi culpa, ella no se había embarazado aún, porque estaba nerviosa y deprimida. Me dijo que si ella no le daba hijos, Leovigildo me dejaría, en castigo por dejarlo sin nietos. Por eso, su padre decidió enviarlos al sur, lejos de mí.
En Sevilla, Ingundia y Hermenegildo fueron felices, según lo que me cuentan. Dicen que se los veía frecuentemente pasear juntos de la mano por la ribera del Guadalquivir. Además, finalmente, la joven princesa quedó embarazada y tuvo un niño, al que llamaron Atanagildo, como su bisabuelo.
Pero, nuevamente, mi esposo se equivocó: su objetivo era afianzar su dominio en la Bética, zona donde contaba con muchos enemigos. Por eso envió a su hijo a ese lugar. Sin embargo, Sevilla no sólo sería el lugar donde Hermenegildo e Ingundia pudieron ser felices, sin las presiones de esta abuela arriana. También fue el lugar donde ese niño rebelde traicionó a su padre de la forma más vil.
Hermenegildo, lejos de la influencia de su padre, fue convencido por su tío, el obispo Leandro y por esa niña intrigante, a recibir un bautizo católico, olvidando su nombre godo y haciéndose llamar Juan. Debo reconocer que Ingundia era más hábil de lo que yo pensaba. Al principio, creí que era una niñita ingenua. Después, descubrí su porfía y obstinación. Pero en Sevilla, cuando su marido se vio lejos de la influencia de hombres sensatos como su padre o su hermano, ella pudo manipularlo a su antojo y para ello contó con la ayuda del detestable obispo de Sevilla.
Esta noticia nos dio un disgusto terrible, ya que el ideal de mi Leovigildo, que yo compartía, suponía una unificación de nuestro reino bajo la fe arriana. Sin embargo, lo peor estaba por venir: aprovechándose de que su padre luchaba contra los rebeldes del norte, el traidor de Hermenegildo decidió romper la unidad por la que su padre tanto se había esforzado, declarándose rey de la Bética en el 579, estableciendo su corte en Sevilla, imitando el boato del que se rodeó su padre, para afianzar su poder.
Como la Bética está llena de romanos, éstos obviamente apoyaron al advenedizo. También lo hicieron los bizantinos y los francos. Nuestro disgusto aumentó: a Hermenegildo no le bastó con bautizarse católico y romper la unidad de nuestro reino; además buscó el apoyo de nuestros enemigos. No me extraña que su pobre padre haya muerto poco después de estos sucesos.
Leovigildo tuvo que enfrentarse a su propio hijo, usando a su hermano Recaredo como mediador. El traidor fue apresado y exiliado en Valencia. Inútilmente, su padre lo exhortó a retractarse de sus actos y volver al arrianismo. Como se negó a hacerlo, finalmente mi pobre esposo perdió la paciencia y le dimos al traidor el castigo que se merecía: fue ejecutado por un verdugo.
En cuanto a Ingundia, no sabemos bien qué pasó con ella. Huyó con su pequeño hijo, al que tuvo la osadía de llamar Atanagildo, hacia el sur, pidiendo ayuda a los griegos, a pesar de que Leovigildo trató de evitarlo. Dicen que murió mientras viajaba a Constantinopla y que el niño quedó como rehén de los bizantinos. Eso es lo que se rumorea, aunque no lo sabemos con certeza.
Mi hija Brunequilda junto a su marido e hijo, desde Austrasia enviaron emisarios a Constantinopla, buscando al pobre niño. Pero todo ha sido en vano, no sabemos dónde está. Me da pena, porque a pesar de que sus padres no fuesen santos de mi devoción, no puedo olvidar que es mi bisnieto. Además, temo que se haya convertido en esclavo. Y esa idea es humillante: que un príncipe visigodo, descendiente de reyes de Francia e Hispania, sea siervo de los griegos.
¡Alguien de mi estirpe convertido en esclavo! La idea es demasiado horrorosa. Prefiero no imaginármelo y pensar que el niño murió. Pobre, él no tuvo la culpa de tener unos padres tan estúpidos. Porque lo que ocurrió con sus padres fue algo que ellos, con su actitud obstinada y su ambición, provocaron. Hermenegildo fue la persona más malagradecida que he conocido en mi vida. Traicionar de ese modo a su padre, poniendo en peligro la unidad de su reino. Con su ambición, estuvo a punto de arruinar el proyecto de Leovigildo.
Me da mucha rabia recordar esa época. Algunos se escandalizaron mucho cuando supieron que Hermenegildo era condenado a muerte por su propio padre. Temo que los católicos algún día lo consideren un mártir y consideren a Leovigildo un villano por ordenar la ejecución de su hijo. La verdad, es que el verdugo que entró en la celda y asesinó a mi hijastro no fue enviado por su padre ni por su hermano: yo lo envié. Leovigildo amaba a su hijo y jamás habría podido dar esa orden.
Contacté a Sisberto, a través de mis sirvientes. Era hijo de campesinos, muy pobre y aficionado a la bebida. Les exigí buscar a alguien que fuera godo, arriano, que estuviese dispuesto a todo por unos cuantos solidus y que no fuera muy inteligente. Este hombre ya había tenido algunos problemas y había sido encerrado un par de veces. Era un hombre tranquilo en apariencia, pero muy vicioso. Robaba para poder comprar vino y cuando se emborrachaba, se transformaba en un hombre muy violento.
Jamás hablé directamente con él. Siempre a través de amigos de mis sirvientes. No era bueno que a la reina de Hispania ni a nadie de su círculo se le viera con el asesino de su hijastro. Me aseguré además de que este hombre supiera cómo funcionaba el sistema de guardias de la prisión donde estaba Hermenegildo en Tarragona. Así, él burló a los vigías y cumplió mis órdenes.
Leovigildo no se enteró hasta que el hecho ya estuvo consumado. Cuando Hermenegildo fue apresado, su padre no sabía qué hacer con él. Sabía que su hijo merecía la muerte, porque ése es el castigo de los traidores. Pero, no podía dar la orden. Tan agobiado estaba, que le dije que no se preocupara, que yo me encargaría de todo. Él jamás supo la identidad del verdugo y fue mejor así.
Después de este doloroso episodio, nada fue igual para nosotros. Mi pobre Leovigildo parecía cada día más triste y desganado. A pesar de eso, insistió siempre en su proyecto de una Hispania visigoda, unida en una única fe. Como el arrianismo parecía ser tan impopular entre una mayoría católica, mi esposo tomó una decisión que a mí no me gustó nada: intentó fusionar ambas creencias, tratando de que así todos, hispanos y godos, creyéramos en lo mismo. Afortunadamente, esta idea no prosperó, porque además de descontento, trajo gran confusión en toda la población.
Finalmente sólo un año después de la ejecución de su hijo, mi pobre Leovigildo murió. Fue entonces cuando mi hijo Recaredo, en su calidad de asociado al trono, fue coronado rey. Me sentí muy orgullosa de convertirme en la madre del soberano de Hispania. Una de las primeras medidas que él tomo fue buscar al verdugo de su hermano y ejecutarlo. No sabe quién le dio la orden y jamás lo sabrá, porque he silenciado a todos los testigos. En el fondo, Recaredo sabe que la actitud de su hermano es el verdadero verdugo. Pero era mejor acabar con el autor material.
Demasiado pronto, mi orgullo se convirtió en un disgusto horrible, del que aún no me recupero, al enterarme de que mi hijo imitó la locura de su hermano, convirtiéndose al catolicismo. Y no contento con eso, ha decidido dar una unidad religiosa a su reino, al igual que su padre, pero bajo la fe de Roma.
Mi hijo convocó a un Concilio en Toledo a todos los obispos de Hispania y Galia. Allí condenará el arrianismo, llamándolo herejía y demostrará públicamente su adhesión a la fe católica. Recaredo leerá su profesión de fe, frente a los eclesiásticos y la nobleza, destacando la creencia en ese absurdo de la Trinidad. Luego, los presentes harán lo mismo, firmando un horrible documento al que han llamado “Los 23 Anatemas contra la Herejía Arriana”. Lloro al imaginar ese episodio, porque para mí es muy duro que mi adorado hijo llame herejía a mi religión.
En cuanto al pueblo que profesaba el arrianismo, no le exigirá un nuevo bautismo, pero sí confirmarse como católicos. A los clérigos arrianos sí les puso mayores imposiciones, como ordenarse nuevamente y practicar el celibato. Así, nuestra fides gótica va quedando en el olvido. He sido obligada a abjurar públicamente de ella, a comulgar según el rito ortodoxo y a fingir que creo en Jesucristo como un Dios igual a su Padre. ¡Qué cosa tan absurda! ¿Cómo un ser que es creado por otro puede ser igual en naturaleza a su creador? ¿Cómo esta gente puede ser tan ingenua? ¿Acaso no analizan la locura en la que creen?
Afortunadamente, no todos están de acuerdo con Recaredo. Además de mi círculo de amigos más íntimos, quienes comparten mi devoción por el arrianismo, como mi fiel obispo Uldila, mi hijo se ha encontrado con otros opositores en la Septimania y en Emérita. Sin embargo, somos una minoría. Porque los visigodos siempre hemos sido menos que los hispano romanos y finalmente es su fe la que ha triunfado.
Pero hemos sido obligados a abjurar del arrianismo y a profesar el catolicismo. Ya no aguanto más esta farsa. Soy una persona mayor y ya he vivido mucho, he afrontado con valentía la muerte de mis dos maridos y he enterrado a una de mis hijas. No quiero presenciar ahora cómo mi fe, la religión de mis padres, de mis abuelos y de los dos amores de mi vida, muere. Por eso, no quiero seguir viviendo. No quiero estar presente en el concilio que va a celebrarse esta primavera en Toledo. Es algo demasiado duro.
Siento que he perdido todo mi poder. Siempre fui escuchada y respetada en la corte. Primero con Atanagildo, luego por su círculo cuando éste murió y después aconsejé a Leovigildo en cada una de sus decisiones. Cuando éste murió, Recaredo, mi hijastro, que siempre me ha considerado como una madre para él, también me consultaba. De hecho, gracias a mí ahora tenemos buenas relaciones con los francos. Nunca he simpatizado con el catolicismo, pero jamás pensé que éste me arrebataría todo mi poder. Cuando Hermenegildo fue derrotado y ejecutado, pensé que la influencia del rito romano moriría con él. Pero, es la fides gótica la que muere y yo no estoy dispuesta a sobrevivirla.
Tengo miedo, porque me persiguen. Han descubierto que mi conversión no es sincera. ¿Cómo podría serlo? Junto a otros amigos como Uldila, aparentamos una ferviente conversión al catolicismo, junto a toda la corte de Recaredo. Pero, en privado, hemos continuado nuestros antiguos ritos y, para manifestar nuestro descontento, hemos profanado las hostias consagradas en el rito católico y algunos de sus templos. Lo hacíamos para desahogar nuestra rabia y también para divertirnos. Nos reíamos al imaginar cómo se escandalizarían los católicos si nos vieran.
Pero, nos han descubierto. Al parecer, alguien nos traicionó y nos delató ante el obispo de Toledo. Alguien muy listo, sin duda, ya que, sabiendo lo mucho que me estima el rey, ha preferido acudir a quien me odia, para asegurarse de que sea castigada. Mi fiel obispo Uldila ha sido desterrado. No sé que piensan hacer conmigo. He huido de Toledo, estoy lejos de la corte, pero no sé adónde ir. En todas partes tengo enemigos. No puedo ir al sur, porque los griegos me odian por ser arriana y visigoda. Más me odian los romanos de la Bética. Ni qué decir de los rebeldes del norte. Y en Francia, donde mi nieto es el rey, no soy bien recibida. Ese niño me culpa a mí de la desgracia de su hermana. Y en Italia, mis primos godos cayeron en desgracia. Su reino ha caído y ahora griegos y lombardos se disputan la península.
No tengo adónde ir. He perdido el favor de mi familia, el respeto de mi pueblo y todos mis amigos son perseguidos como yo. Me niego a rendirme o someterme. No es algo digno de una mujer como yo. Por eso, he decidido acabar con mi vida. Sé que el cristianismo condena lo que voy a hacer, pero no tengo otra opción. Ahora entiendo a los paganos que lo hacían, cuando perdían el apoyo de su emperador.
domingo, abril 22, 2007
Bowling for Virginia
sábado, abril 21, 2007
Bieenvenida Realidad
viernes, abril 20, 2007
¿Qué es el amor?
domingo, abril 15, 2007
Ireland
viernes, abril 06, 2007
U2
"Who's to say where the wind will take you
Who's to say what it is will break you
I don't know wich way the wind will blow
Who's to know when the time has come around
Don't wanna see you crying
I know this is not goodbye."
(Kite)
"Don't believe what you hear
Don't believe what you see
If you just close your eyes
You can feel the enemy"
(Acrobat)
"You say
Love is a temple
Love is the higher law
You ask me to enter
But then you make me crawl
And I can't be holding on
To what you got
When all you got is hurt"
(One)
"I remember
When we could sleep on stones
Now we lie together
In whispers and moans
When I was all messed up
And I had opera in my head
Your love was a light bulb
Hanging over my bed"
(Ultraviolet)
"It looks like sun
But it feels like rain"
(do you feel love)
"Whith or whitout you
I can't live
whith or without you"
(Whith or whith out you)
"All the promeses we break
from the craddle to the grave
when all I want is you"
(All I want is you)
"I have climbed highest mountain
I have run through the fields
Only to be with you
I have runI have crawled
I have scaled these city walls
Only to be with you
But I still havent found what
Im looking for"
miércoles, abril 04, 2007
Semana Santa
viernes, marzo 30, 2007
Seis Meses

Me sentía así porque decidí no dejar este país hasta haber cerrado completamente el ciclo: es decir, no volver hasta que tenga mi título en la mano. Lo que significó un cambio de planes, ya que pensaba quedarme hasta julio y ahora me quedo hasta octubre. Y también significó empezar a hacer la tesis desde ya, porque si antes pensaba hacerla a distancia, ahora la haré aquí. Eso me hizo disminuir mi tiempo libre y hacer que me desvelara un par de noches, al no poder definir bien cuál es mi tema. De a poco, a medida que voy investigando y leyendo, mi tema va apareciendo, es como que se estuviera gestando y yo no fuera la única implicada en ello, como que va revelándose de a poco. A ver qué sale, ojalá sea bonito y de ahí les cuento.
Lo que me tenía también muy nerviosa era que mi niño se estaba titulando y yo no estaba ahí para acompañarlo. Por suerte, salió todo bien. Después, él estuvo de cumpleaños. Tengo unas ganas locas de verlo y trato de no pensar en todo el tiempo que falta para eso. Mientras tanto, el Internet y el Skype son nuestros mejores amigos.
Por último, descubrí que había otra variable que no había tomado en cuenta hasta entonces; la crisis de los seis meses. Llevo seis meses en este país. Aunque, tuve mi escapadita navideña, que me hizo andar con una sonrisa de oreja a oreja un mes entero, igual se echa de menos estar allá. A pesar de que las últimas noticias me pintan mi ciudad como un caos insufrible, allá está lo que más quiero, a pesar de que Santiago sea fea (tiene zonas bonitas, pero es fea, hay que decirlo), contaminada, gigante y caótica. Ahí vive la gente que más quiero en el mundo y ahí he vivido casi toda mi vida, por eso la quiero.
Lo de la crisis de los seis meses es algo que a todos los inmigrantes nos pasa. Dicen que el asunto viene por ciclos: un primer mes durísimo, los tres meses vienen con una primera crisis (que yo, por mi viajecito a Chile no tuve), después a los seis meses y así. Cuando supe eso, me relajé, porque caché que el asunto se me iba a pasar solo. Y, como gracias a Dios no soy depresiva, decidí no hacerme mucho caso y mantenerme ocupada.
¿Y les confieso algo? Este mes lo pasé increíble.
domingo, marzo 18, 2007
El Velo Pintado

Ayer fui a ver esta película al cine. Protagonizada por Edward Norton y Naomi Watts, nos muestra la historia de esta mujer inglesa que se casa sin estar enamorada con un bacteriólogo que trabaja en Shangai, que a pesar de que la ama locamente, es incapaz de demostrarlo. Me hizo sufrir mucho este amor tácito que tiene él por ella, llevándolo a tener actitudes incomprensibles, como perdonarle su descarada infidelidad, a cambio de llevársela a un poblado rural, infestado de cólera. Todo esto ambientado en la China de 1925, época de las revueltas nacionalistas, que manifestaban violentamente su descontento por cualquier extranjero en su país.
La actitud de él nos lleva a odiarlo en un momento. Creemos que sólo siente desprecio por su mujer, que la encuentra tonta o inútil. Pero en realidad el pobre no es más que un reprimido, que trata de ser "el hombre perfecto", correcto y educado, intentando hacerla feliz con regalitos, pero sin la pasión que ella necesita. Por eso ella lo engaña con el galancete inglés de Shangai y cuando su marido lo descubre, le hace saber que se irán de la ciudad. Ni un grito ni palabra de reproche. Yo ahí me empecé a desesperar. Me parecía imposible tanta represión, tanta indiferencia. Uno llega a pensar que por las venas de ese hombre no corre sangre.
A medida que la película va desarrollándose, vemos que el pobre hombre se refugia en su trabajo, que no es nada agradable, porque por muy bonito y altruista que nos parezca intentar salvar a una aldea que se muere de cólera y no entiende una palabra de lo que dices, la realidad es muy distinta. Yo ahí empecé a sentir admiración por él. Porque sería incapaz de hacer algo así.
Es raro lo que puede hacer la gente por amor. Y esta película es un gran ejemplo de ello.
Sin Palabras

miércoles, marzo 07, 2007
Nostalgia
miércoles, febrero 28, 2007
L'Ultimo Bacio y "El Síndrome de Peter Pan"

Hoy volví a ver esta película italiana, que me encanta. Por qué me gusta tanto, no sé, porque como gran parte del cine francés e italiano, trata temas muy "cotidianos", pero de una forma artística que es propia de ellos. Además, sus paisajes son maravillosos y, bueno...la verdad es que el italiano es mi idioma preferido, lo encuentro apasionado y romántico, me encanta.
En fin, la película nos muestra los sentimientos de un grupo de treintones que se niegan a dejar "la eterna adolescencia". La primera vez que ví esta película, tenía 22 años y los treinta me parecían un horizonte muy lejano. Todavía estaba en la Universidad y más de la mitad de mis amigos aún no se planteaban el casarse o tener hijos. Pero ya desde entonces, yo tenía claro que yo sufría de "Síndrome de Peter Pan Agudo", ya que el titularme, buscar trabajo y formar familia, eran responsabilidades que trataba de postergar el mayor tiempo posible. Y hoy, casi 4 años después, veo que eso es lo que he hecho. Y ¿saben qué? Me encanta, aunque sé que es imposible ser la eterna adolescente y siempre he tenido claro que libertad implica responsabilidad, agradezco el esfuerzo de mis padres por darme la oportunidad de estudiar y yo siempre me he esforzado por responderles y he tenido mis peguitas donde he ganado mi platita.
Mi tema con las responsabilidades adultas no va tanto por lo de ser independiente económicamente ni con el miedo al compromiso. Supongo que se imaginan que después de casi ocho años de pololeo, sería enferma de hueona si me diera miedo el compromiso. Mi negación a ser 100% adulta se debe a que me niego a ver la vida con la seriedad adulta. Todavía me gusta ir a tomarme unos copetitos después de clases, de repente carretear un día de semana y pegarme un viaje sin remordimientos de pensar cómo pagaré las cuentas del fin de mes. Me gusta llegar a mi casa y que me regaloneen y todavía compro agendas de Hello Kitty y Winnie The Pooh. Me niego a ponerme un trajecito de dos piezas para ir a trabajar, aunque sí me visto formal y recatada para la pega y me siento rara o disfrazada con pantalones de vestir.
Talvez por eso me gusta esta película que muestra este grupo de amigos, algo mayores que yo, que se niegan a hacerse adultos y aceptar reponsabilidades. Aunque dan ganas de sacarles la chucha, cuando vez que uno no para de fumar pitos y tirar cada noche con una mina distinta; otro que está chato de su mujer y su hijo y no los pesca; el otro que se niega a hacerse cargo de la empresa familiar cuando su papá muere y el protagonista, que teniendo una polola preciosa, con la que vive en un depto muy piola y va a tener una hija, le baja una crisis hueona, de volver a ser pendex y se mete con una pendejita de colegio, estupenda, pero muy niñita. El "cable a tierra" del grupo es el que decidió tirarse a la piscina de la adultez de una: se casó con su polola y trata de aconsejar a sus inmaduros amiguitos.
No quiero contarles el final, pero pasa como la vida: algunos deciden prolongar su época irresponsable y otros se establecen. Y me gustó eso, porque creo que prolongar la adolescencia un ratito está bien. Sobre todo, cuando tienes 20 y tantos, porque ya superaste los complejos de la primera adolescencia, gozas de más libertad y recursos para pasarlo bien, eres más consciente y te cuidas más. Pero, lega un punto en que hay que chantarse y despegar haciala vida adulta. Pero yo me lo he tomado como un proceso y he ido quemando etapas de a poquito, para poder disfrutar un poco más la "adolescencia adulta", aunque siempre con límites y responsabilidad.
Los personajes de esta pelicula no siempre llegan a ese equilibrio. En general, casi todos trabajan y se mantienen, pero se niegan a comprometerse con algo y por eso planean un súper viaje por África. Algo motivante y atrayente, pero que a veces suena a huída. Y creo que huir, para evitar comprometerse con algo no es la solución.
A veces nos gustaría ser eternamente niños, no tener responsabilidades y hacer lo que queremos, no lo que tenemos que hacer. Pero, ¿saben qué? si hiciéramos eso, finalmente nos aburriríamos. Por eso, para variar, y apelo al eterno equilibrio. Talvez para ustedes esto parezca una obviedad, pero es que yo soy súper extremista y visceral. Y creo que se puede prolongar un poco la eterna adolescencia, en el sentido de no achacarnos múltiples responsabilidades antes de tiempo.
Pero, en el caso de los protagonistas de "El último beso", ellos estaban en una situación intermedia: dos eran padres y se negaban a la responsabilidad y el compromiso. Y yo ahí me enojo. Porque si eres padre, ya te adjudicaste varias responsabilidades de una. Responsabilidades ineludibles y que son para toda la vida. Entonces, asume. Si ya eres padre, ya es imposible no considerarse adulto. Porque ya tienes otra vida que depende de tí y tu libertad se ve, en cierto sentido, limitada. Aunque, me parece que es la más preciosa limitación que podamos poner a nuestra libertad.
Además, creo que ser adulto no significa dejar de pasarlo bien. Significa darse cuenta de que no todo en la vida es pasarlo bien. Cuando ya el deber no nos parece una imposición, porque entendemos que de esos deberes depende nuestra felicidad y la de quienes nos rodean. Los deberes pasan así a ser una opción. Decidimos ser responsables, comprometernos y cumplir. Yo me siento una adolescente aún, porque estoy en proceso de aceptar todo eso. Y mi nula intención por acelerar demasiado ese proceso es una prueba de que aún no maduro del todo.
jueves, febrero 22, 2007
Reflexiones de una ermitaña
jueves, febrero 15, 2007
Brujitas Criollas
Día de San Valentín
jueves, febrero 08, 2007
Las desventuras de Caro
No sé porqué de tanto escuchar historias de amores no correspondidos, me puse nostálgica y
recordé una muy, pero muy añeja, de casi diez años de antigüedad:
Mi amiga Carolina era muy inocentona. Tenía 16 años, pero nunca había dado un beso, porque era muy tímida. Soñaba con amores platónicos y con su príncipe azul. A pesar de que todas las que teníamos "algo" más de experiencia, le decíamos que el hombre perfecto no existía y que tuviera cuidado.
Pero ella conoce un día a Sebastián, que la dejó "marcando ocupado"; alguien que parecía muy tierno, muy inteligente y que demostraba mucho interés por ella. El error de ella fue dejarle claro, desde el principio, lo inexperta que era. Y al parecer, a algunos hombres, la inocencia de las mujeres les parece un reto: como que les afloran los genes de descendientes de conquistadores del Nuevo Mundo que llevan en los genes y ven a estas mujeres inexpertas como una nueva tierra a conquistar.
El caso es que mi amiga, como tenía tan poca experiencia, tenía una visión muy idealizada y cartuchona de lo que debía ser salir con alguien. Y cuando este galancito trató de darle su primer beso, ella, a pesar de que se moría de ganas, le dijo que no.
Ustedes pensaran: ¡Qué hueona!, si, la verdad, la pobre fue un poco ñoña. Pero, en su defensa puedo decir que ella consideraba que había pasado demasiado poco tiempo (sólo se habían visto unas dos o tres veces). Y yo creo que le dio miedo, miedo a enamorarse hasta las patas y que después se la cagaran. Aunque ella siempre dijo que sentía que no lo conocía lo suficiente.
Lo que pasó después fue bien obvio: él no llamó más. Ella, ilusamente pensó que le iba a pasar como la canción "dime que no" de Arjona: que al haberlo rechazado una vez, él volvería a la carga. Ella creyó que, si él la había invitado a salir y le había pedido un beso, era porque estaba enamorado. Porque ella sí lo estaba. Fue su primer amor y le costó mucho olvidarlo. Ahora, han pasado 10 años y ya es tema superado.
Pero le costó mucho. Sobre todo, porque después de él, tuvo un "clavo": su primer pololo, un verdadero desastre. Si el otro era un galancete agazapado, que se las daba de tiernucho, pero en el fondo lo único que quería era agarrársela, éste era el típico jote chileno (que Pepa describió con gran acierto en su columna de LUN). Y desgraciadamente sus amigas tuvimos el mal ojo de fomentarle la relación con ese patán. Porque nosotras veíamos a un tipo muy preocupado por sus amigas, que las trataba como si fueran reinas del mundo y capaz de cruzar la ciudad entera a pie por ir a verte. Con ella fue así al principio. Carolina conoció a ese hombre al mismo tiempo que al otro. Eran amigos, de hecho, me parece que todavía lo son. Sé que suena feo, feísimo, pero ahora lo voy a explicar: cuando Sebastián dejó de llamarla, él dio vuelta la página y se olvidó de ella. Pero Carolina, como buena adolescente enamorada quedo un poco "pegadita" y trataba de que él volviera a pescarla, sin resultado. Necesitaba un "aliado", alguien que la ayudara a recuperar su amor perdido. Y ahí acudió a Cristóbal. Sabía que Cristóbal había tenido miles de pololas y aventuras, pero ella se acercó a él como a un "amigo". Lo que ella quería en ese momento era información sobre Sebastián, para poder coincidir en los mismos lugares y emprender una "reconquista". La pobre, todavía pensaba que Sebastián sentía lo mismo que ella y que era taan tímido, que su rechazo lo había cohibido.
Pero en uno de esos "encuentros casuales", se encontró con que Sebastián tenía polola. Ya habían pasado un par de meses desde lo que NO había pasado entre ellos y sus encuentros siempre habían sido distantes. Su "amigo" Cristóbal, en cambio, estaba cada vez más cercano a ella: llegaba a verla de sorpresa, la invitaba al cine después de clases, le ayudaba con sus trabajos de inglés...el "amigo perfecto". Hasta ese momento, eso sí, no le había contado nada sobre sus sentimientos hacia Sebastián. Y al parecer, Sebastián nunca contó a sus amigos lo que había pasado esa noche. Porque ellos le preguntaron y él siempre contestó con evasivas. Y Carolina, con nosotros, tomó la misma actitud, hasta que mucho tiempo después, nos confesó que se moría por él, que la había cagado y que él no la pescó más.
Nosotras la animamos a acercarse a Cristóbal para llegar a Sebastián. Pero, cuando después de las vacaciones de invierno, ella llegó a una fiesta y vio a Sebastián de la mano con Trini, su polola hace 4 días, la Caro se quería morir. Puso su mejor cara de cínica y hueveó toda la noche con Cristóbal y con las que estábamos ahí. Pero, apenas pudo, se fue a su casa a llorar. No podía creer lo tonta que había sido.
Pasaron unas semanas y Cristóbal cada vez estaba más cerca de ella. Hasta que, por fin, decidió invitarla formalmente a salir. Para ese entonces, él ya sabía que ella estaba enamorada de su amigo. Ella le había contado y él le dijo que se olvidara del Seba, porque estaba muy enamorado de la Trini.
Caro empezó a convencerse de eso y decidió darse una oportunidad con Cristóbal. Sabía de su fama de mujeriego, pero, ingenuamente, pensó que era así porque nunca se había enamorado de verdad. Y ella, tan tierna e inocente, pensó que podía cambiar a un hombre. Uffff...en fin
Salieron como dos meses. Al principio, ella le dejó claro que no estaba ni ahí con él. Pero despues...empezó a confundirse y un día me confesó que le gustaban los dos. Era raro, salía con uno y lo pasaba increíble, hasta que llegaba el otro, feliz con su pololita y ella se empezaba a imaginar que ella debía estar ahí en su lugar. Pooobre.
Ahí es cuando ella debió escapar, desaparecerse un tiempo. Además, esos hombres no valían nada. Qué pena no haberlo sabido para aconsejarla. Además, yo en esa época estaba muy preocupada en mis propios rollos pseudointelectuales, ermitaños y sufriendo por culpa de un maldito jote.
Bueno, pero el cuento es que finalmente la Caro cayó en las garras de Cristóbal. Aunque, según me confesó, mientras estuvo con él, nunca pudo olvidar al Seba. Por eso, durante los tres meses que estuvo con Cristóbal, evitaba hablar con su antiguo amor. Su primer mes de pololeo fue muy lindo. Fue su primer pololo y ella estaba con toda la ilusión de un primer romance, sintiéndose querida. Además, él era atento, preocupado y, para mi gusto excesivamente complaciente con ella, no me gustan los macabeos. El segundo mes ella empezó a sentirse ahogada. Él era demasiado absorbente, quería estar todo el tiempo con ella y Caro a veces necesitaba su espacio. Y sentía que él no se lo daba. Y el tercer mes fue horrible; el hombre cariñoso y preocupado desapareció, dando lugar a un hombre celoso y absorbente unos días, indiferente otros y que se desaparecía otros tantos. Ahí, Caro comenzó a sospechar que se la estaban cagando. Ya no quería más: no entendía cómo alguien podía cambiar tanto. Y ahí fue cuando mi amiga, por fin!!!! aprendió dos sabias lecciones acerca de los hombres: que muchos (no todos) mienten o mutan de personalidad para atraer a una mujer y que es muuy difícil que cambien. Osea, éste era mujeriego y siguió siéndolo. Por suerte, mi amiga se dio cuenta a tiempo y lo mandó a la mierda.
El problema fue que su ruptura coincidió con la del Seba y la Trini. Y mi amiga empezó a creer que ahí podía pasar algo. A pesar de que nosotros la tratamos de convencer por toodos los medios de que no hiciera nada, ella se la jugó. Y al final, logró pillar al Seba volando bajo, borracho pasando las penas por haber peleado con la Trini, y le dio ese beso, que un año antes se había negado a darle. Caro ya había aprendido algo de su mala experiencia anterior y no se hizo muchas ilusiones. Cuando supe que se lo había agarrado, la reté. Le dije que no se esperara que él la llamara. Además, nos íbamos en un par de semanas a Viaje de Estudios (qué tiempos aquellos!!!! juventud divino tesoro...) y para qué iba a empezar una relación, para pasar las dos semanas siguientes separados (eso, a mi edad ya no importa tanto, pero a los 17, ufff). El caso es que el Seba la llamó. Y ella salió con él, hasta antes de irse al Viaje de Estudios. Nunca hubo ni un "te quiero" o un intento de formalizar algo. Sí, unos besitos locos y tomaditas de mano. Nada más, porque mi amiga sabía perfectamente que ella era "el clavo" del Seba. Se lo dijimos, pero nos dijo que no le importaba. Había sufrido arrempetida de no darle ese primer beso y ahora se estaba desquitando. Necesitaba cerrar esa historia y si la única forma de hacerlo era siendo la amiguita con derechos, no le importaba.
Llegó el famoso viaje de estudios y él fue a despedirla al bus. Un romántico y pequeño beso de despedida y un "nos vemos a la vuelta". Ella ya no se hacía ilusiones. Durante esas dos semanas, no habló con él. Ella decidió no llamarlo y él tampoco la llamó.Tampoco Caro se lo esperaba: no tenían nada serio y, le tincaba que él estaba tratando de volver con la Trini.
Dos días después de volver a Santiago, él la llamó. La invitó a su fiesta de graduación. Sería el fin de semana antes de Navidad, es decir, en dos semanas. Ella intuyó que durante su ausencia, él trató de volver con la Trini, sin resultados. Decidió aceptar, porque todavía le gustaba y lo quería, aunque esas dos semanas lejos de él, con sus amigas y paseando por las playas del norte, le hicieron darse cuenta de que ella valía demasiado como para ser el segundo plato. Fue a la fiesta con él y lo pasó muy bien. Pero, no pasó absolutamente nada.
Durante la noche él trato varias veces de besarla. Nosotros siempre pensamos que él nunca la había querido y que sólo quería una aventura con ella, deseando ser "el primero". Después temíamos que como su amigo había sido el primero en besarla, éste buscara ser el primero en ir más allá. Nunca lo sabremos. Lo que sí supimos es que las sospechas de Caro con respecto a su relación con la Trini, eran ciertas. Ella no quiso saber nada más del Seba y cuando éste intentó volver con ella, ésta, muy educada, le dijo que ya no sentía lo mismo que antes. Después, se enteró de sus encuentros con la Caro y lo mandó a la mierda.
Caro supo todo esto una semana antes de la fiesta. Pero, no fue la única razón para rechazar a Sebastián esa noche. Simplemente se aburrió. Le pareció que andar con el amigo de su ex era feo y más cuando la tenían de reemplazante. Decidió que esa noche sería la despedida. La noche del adiós. Alguien dijo, medio broma, medio en serio, que porqué no se lo comía a besos esa noche, si es que era su despedida. Y ella dijo: "Porque sé que si vuelvo a besarlo, ya no habrá una última vez".
Lo extraño de todo es que después, él empezó a perseguirla. La llamaba, la invitaba a salir y se aparecía donde estaba ella. Ella, divertida, nos comentaba que ahora "se había dado vuelta la tortilla". Pero, cumplió su promesa. Y un buen día, antes de rechazarle, por quinta vez, una invitación, le dijo: "tu problema Seba es que no sabes estar solo. Y yo quiero estar con alguien que me quiera a mí, no con alguien que esté conmigo por estar con alguien. "
Él nunca más la llamó. Pero yo me lo encontré hace dos años, pololeando con una conocida mía. Y me dio gusto ver que al parecer, las palabras de mi amiga lo hicieron entar en razón. Porque después de lo que le dijo Caro, él pasó dos años solo y luego de algunas experiencias fallidas, conoció a su actual polola, con la que está hasta ahora.
Pero, más gusto me dio ver a Caro aprender una importante lección de vida. Hoy está casada y con ganas de ser mamá luego. Algo que me recuerda que la "adultez" se me acerca a pasos agigantados. Pero ésa es otra historia.